Línea amarilla. Transgredir - Conectar

Texto para Seila Fernández Arconada sobre mi experiencia en su obra Disonancia Sugerida, experimento artístico en el espacio intermedio.
El Parche Artist Residency, Bogotá, Colombia. 2019

Si experimentar la existencia depende del cuerpo ¿Cuál es la potencia de la auto observación? ¿Cómo se construye autonomía?

 

Cuando vi la convocatoria para asistir a Disonancia sugerida[1], apliqué. Días después bastaron un par de correos electrónicos para coordinar la hora, desde ese instante accedí a un experimento del cual, hasta el momento, sólo intuía juego. 

 

Llegué minutos antes. Estaba ansioso por lo que allí sucedería. Invertí mi tiempo en escudriñar cada detalle: una línea amarilla a 1.30 m de altura desde el suelo rodeaba, cerraba y conectaba todo el espacio; 40 plantas suspendidas por clavos en las paredes estaban acompañadas de textos informativos y anecdóticos sobre ellas. Una infusión de cidrón, planta número 41, fue un  elemento de conexión a través del olor y del gusto para quienes estábamos allí. Poco a poco la sala se fue llenando, mientras esperábamos bebíamos aromática; algunas personas leían, otras recorrían el espacio, otras hablaban. De repente Seila, con su propia voz, activó este viaje. Luego una composición sonora con datos, indicaciones y sonidos guió la siguiente etapa. 

 

Algunas de las indicaciones fueron escoger una planta, pararse frente a ella, observarla atentamente, ser esa planta o por lo menos crear la sensación. 

Parte de mi práctica artística anida en el performance de larga duración[2], mi cuerpo responde a este tipo de indicaciones con naturalidad, por lo cual, para ponerme en tensión después de escoger mi planta y observarla ¡cerré los ojos! Este impulso obedece a la búsqueda incesante de otros puntos de vista y al continuo ejercicio de mediación entre mi intuición y mis razonamientos. 

 

¡Fui mi planta! Pero fue más fuerte el llamado a ser uno de sus visitantes ¡Un polinizador! Este estado me llevó a moverme por el espacio.  

 

Otra indicación fue encontrar una característica sonora que tuviese origen en la relación establecida con aquella planta, de esta manera hubo 40 señales, tan particulares como cada individuo allí presente.

 

Cerrar los ojos agudiza la escucha. Detecté estímulos y con ellos direccioné mi recorrido por el espacio. Sensaciones de olor y temperatura anunciaron proximidad. Cuando no, el tacto, el encuentro con un cuerpo humano siendo planta, siendo la señal emitida, propició contacto.

 

Los actos de rebeldía impulsados por sensaciones de extrañeza crean otras atmósferas, potencian reacciones, que no por insospechadas son inexistentes. En nuestras memorias de tránsito por diferentes existencias, cada detalle, cada decisión, son determinantes para mantener en equilibrio, o crear,  un -nuevo- ecosistema. 

 

La memoria de las plantas en un país ligado a los conflictos de la tierra es también nuestra memoria. Fragmentación, silencio, destierro, devastación, sed, resistencia, impotencia. 

 

Nos quedan el juego, el contacto. Reconocer y sonreír afirman autonomía en cuanto dejan de ser actos individuales para convertirse en acciones colectivas.

Bogotá, agosto de 2019 

 

[1]. Estimado/a lector/a, podrá encontrar el proyecto haciendo click aquí

[2]. Las acciones planteadas y realizadas desde allí están construidas sobre un profundo conocimiento del ser y su relación con el entorno. Esta práctica artística requiere años de preparación corporal, mental y espiritual con el fin de lograr el nivel de presencia justo y acorde al momento y duración de la acción.